La relojería es un mundo de extremos. Puede ocurrir, como está pasando ahora, que tanto los amantes de los relojes como la industria abracen dos tendencias aparentemente opuestas que conviven en el tiempo. Por un lado vemos como las piezas XL con esferas de 45 mm (o mayores) de diámetro están en boga y por otro cómo aquellas minimalistas de estética retro y ultraplanas cada vez ganan más adeptos.

Nos vamos a fijar en estas últimas: los modelos ultraplanos vivieron su época dorada en los 80 y en los 90, cuando el auge del cuarzo y sus finas pilas permitieron “adelgazar” notablemente las cajas de los relojes, en un momento en lo que primaba era la comodidad, discreción y utilidad (entonces todavía eran nuestros únicos instrumentos para conocer la hora).

En el nuevo siglo la corriente evolucionó sin embargo hacia el “cuanto más grande y más se vea, mejor”, lo que llevó a un crecimiento exponencial de las esferas en los relojes masculinos, que fueron perdiendo su utilidad con la llegada de los teléfonos móviles para convertirse en una expresión de la personalidad de quien los lleva.

Pero en el mundo de la relojería todo vuelve y ahora están de nuevo en auge los modelos ‘ultra-thin’, esos que se deslizan sin esfuerzo bajo el puño de la camisa y que gustan a aquellos que buscan un estilo diferente y más discreto. Se venden muy bien en el mercado asiático, donde la ostentación no suele ser la norma, y algunas grandes estrellas de cine como Jamie Dornan, Tom Holland o Jared Leto también apuestan por ellos cuando les toca desfilar por la alfombra roja.

Y ya no son sólo de cuarzo, porque la ‘haute horlogerie’ también se ha metido de lleno en la carrera por albergar complejos mecanismos automáticos en las cajas más finas, como prueban los modelos que han presentado en los últimos grandes salones casas como Cartier o Piaget.

Artículo tomado de GQ Magazine